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La devoción a la Cátedra de San Pedro vs la papolatría y la irreverencia
La falsificación o negación de esta tradicional devoción no hace más que alejarnos del verdadero catolicismo y de la misma comunión con Dios

29/06/2022

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Las divinas palabras de nuestro Señor Jesucristo «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» fueron las que constituyeron el primado de San Pedro como el cimiento sobre el que se instituyó la Iglesia hace casi dos milenios. Una promesa de victoria y un anuncio de guerra al mismo tiempo, guerra declarada por las fuerzas infernales contra la única Iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo; guerra que durará hasta el fin de los tiempos y en cuyo centro se encontrará siempre el Papado, piedra visible de la Iglesia. A partir de esto podemos decir que la devoción a la Cátedra de San Pedro es la devoción a la visibilidad de la Iglesia y no el culto al hombre que ocupa esta Cátedra; es amor y veneración a la misión que nuestro Señor Jesucristo confió a San Pedro y a sus sucesores, tal y como lo enseñan León XIII en la encíclica Satis cognitum de 1896 y Pío XII en la encíclica Mystici Corporis de 1943, la Iglesia nos enseña con claridad que la institución jurídica antecede a la persona. Bajo este presupuesto se entienden mejor las palabras de San Ambrosio cuando dice «Ubi Petrus ibi Ecclesia»[1] (donde está Pedro, allí está la Iglesia), así como el «Ubi Christus ibi Ecclesia» (donde está Cristo, está la Iglesia) que se atribuye a San Ignacio de Antioquía.[2]

Lamentablemente esta católica devoción se ha visto falsificada a un nivel tal que ha degenerado en una especie de culto a la persona diametralmente opuesto a lo que siempre había enseñado la Iglesia. Hoy por hoy, todo lo que diga, haga o deje de hacer el Santo Padre termina siendo noticia. Las facciones en las que se han dividido los católicos por este motivo constituyen un panorama realmente lamentable que no parece se vaya a solucionar con facilidad.

Un primer momento que hay que enfatizar, a este respecto, en la historia de la Iglesia, es el Concilio Vaticano I, allá por 1870, en el que se proclamaba el dogma de la Infalibilidad Papal, según el cual el Santo Padre estaría preservado de incurrir en error al promulgar alguna enseñanza dogmática en temas de fe y moral bajo el rango de «solemne definición pontificia» o declaración ex cathedra. Destaca aquí el santo cardenal Newman, autor sagrado, filósofo, hombre de letras, líder del Movimiento Tractariano, y el anglicano converso a la Iglesia más ilustre de los últimos tiempos, el cual, aceptando y defendiendo, como buen católico, el dogma de la Infalibilidad, casi de forma profética, advertía sobre el peligro que correrían los católicos de a pie de no ser enseñado correctamente este dogma ¿Cuál sería ese peligro? asignarle al Papa un poder que no tiene ni puede tener, una suerte de infalibilidad absoluta o infalibilidad habitual, el poder de hacer y deshacer a voluntad en la Iglesia, el poder incluso de modificar la doctrina católica. Esta desviación o tergiversación del amor al Papa recibió un nuevo impulso a partir del 12 de febrero de 1931 con aquella primera emisión radial del Papa Pio XI aprovechando el invento del italiano Guglielmo Marconi. Antes de esto, era inimaginable que los fieles católicos, excepto los que estaban muy cerca, escucharan la voz de un Papa o conocieran sus opiniones particulares, a lo mucho y se enteraban de lo que contenía su magisterio ordinario, pero nada más.

Años después, con la aparición de los mass media y su sed por nuevos consumidores, se fue inoculando en muchos católicos ese deseo desenfrenado de querer estar al tanto de todo lo que el Papa diga, haga o deje de hacer acompañado de una comprensión, cada vez más tergiversada, de lo que es la Infalibilidad papal. Esta deformación del amor que le debemos tener al Santo Padre no parece ser en realidad un error teológico, más parece una actitud psicológica desordenada; de allí que, aquellos católicos que incurren en esta desviación, por lo general muy bien intencionados, casi instintivamente tienden a negar cualquier vestigio de crisis en la Iglesia, con tal de no asumir responsabilidades de las que no quieren hacerse cargo; la manera más eficaz que tienen para tranquilizar su propia conciencia es afirmar que el Papa nunca se equivoca, por eso hay que obedecerle a como dé lugar, independientemente de lo que haga o diga, porque, según estos, el Santo Padre es la regla única y siempre infalible de la fe católica. Esto podría derivar en un error doctrinal cercano al voluntarismo de Occam, curiosamente enemigo declarado del papado, el cual sostenía que Dios puede querer y hacer cualquier cosa, incluso el mal, ya que el mal y el bien no existen en sí, es la voluntad de Dios la que determina si algo es bueno o malo de forma arbitraria. Contradiciendo así la doctrina católica defendida por Santo Tomás cuando se afirma que Dios, Verdad absoluta y Sumo Bien, no puede querer ni hacer nada contradictorio, de allí que una cosa se ordena o se prohíbe, porque ontológicamente es buena o mala y no, como dice Occam, porque se le ocurrió a Dios. Si para este grupo de católicos desviados lo que diga o haga el Papa es lo que quiere el Espíritu Santo, entonces la fe y la moral dependerán de la voluntad del Papa de turno, dejando de ser así verdades universales. A esta actitud algunos la llaman, de forma un poco burda, papolatría. Actitud desviada que nos hace recordar un poco a la lamentable situación del clero alemán que exige al Papa cambie la doctrina moral de la Iglesia respecto a las uniones homosexuales, como si el Papa pudiera hacer tal cosa.

Si revisamos un poco la historia de la Iglesia, veremos que resulta imposible pretender la idea de que los Papas son siempre buenos y perfectos, como cuando las familias romanas se dedicaban a comprar y vender el papado; nos encontraremos también con Papas inmorales como Benedicto IX que, como muchos otros Papas, subió al solio papal siendo aún un adolescente, sospechoso por cierto de ser el primer Papa homosexual y acusado por otro Papa, 50 años después de su pontificado, de ser un violador y asesino. Antes de Benedicto IX, Juan XII fue Papa a los 18 años y tuvo una vida extremadamente disoluta tristemente conocida. Mucho antes estuvo Juan XI de quien se dice fue hijo de un Papa anterior. En cuestiones de doctrina destacan el Papa Liberio a quien se le adjudica un Credo arriano, probablemente coaccionado, quien terminó declarando incapacidad moral; el Papa Honorio que en dos de sus cartas parecía estar presente la herejía monotelita, y que terminó condenado en el IV Concilio Ecuménico cuyos decretos fueron aprobados por León II; el Papa Vigilio, en relación a la controversia de los Tres Capítulos, en fin, la lista es demasiado larga.

Imaginemos ahora a los mass media actuales y sus periodistas ideologizados abordando a estos Papas y sacando a la luz sus ocurrencias privadas en temas de moral y doctrina, dígase homosexualidad, matrimonio gay, castidad, celibato, aborto, etc. ¿Se imaginan la catastrófica oleada de confusión doctrinal que hubiera sobrevenido en ese entonces con la desviación actual de la que estamos hablando? Una entrevista de avión, una homilía televisada o una conferencia espontánea hubiera sido terrible con aquellos Papas. Pero claro, eso no fue así, sobre todo porque a los católicos de a pie no les interesaba estar pendientes de todo lo que diga, haga o deje de hacer el Santo Padre, las opiniones particulares de los Papas o de los obispos no resultan vinculantes para los bautizados y menos aún son un impedimento para que nosotros los seglares cumplamos con nuestros deberes en el orden temporal. Hay que recordar que los seglares no estamos llamados a encerrarnos en el silencio de los templos, como decía el Papa Pio XII; nuestro deber se centra en la restauración del orden temporal. Harto contenido magisterial tenemos ya en cuanto a doctrina social y política como para estar pendientes de si el Papa o algún obispo opina algo que nos sirva de alguna forma en esta lucha.

Por otro lado, la Iglesia defiende el derecho, y a veces incluso el deber, de los seglares de señalar el error de sus pastores salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, así como la reverencia hacia la Jerarquía eclesiástica, esto en aras de lo que hace un momento se mencionó: la divina institución jurídica antecede siempre a la persona. Sentencia magisterial que no solo nos ayuda a no exagerar o extrapolar el amor al Papa sino que también nos obliga a dirigirnos a él con la mayor reverencia posible, incluso, si se diera el caso, de solicitarle filialmente enmiende alguno de sus actos. Es decir, ante el error, venga de quien venga, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Recordemos cómo no calló San Pedro Damián ante los prelados corruptos de su tiempo. Lo mismo Santa Catalina de Siena ante los papas de su época. Ni qué decir de San Vicente Ferrer, que además se presentó como el Ángel del Apocalipsis. Sin embargo, todos ellos y muchos santos más, jamás rompieron con la tradicional reverencia a la jerarquía eclesiástica, menos aún con la tradicional devoción a la Cátedra de San Pedro.

En el Eclesiastés encontramos la famosa sentencia “Tempus est tacendi, tempus loquendi”, hay tiempo de callar y tiempo de hablar. Si revisamos la vida tanto de los santos ya mencionados como de muchos otros que aplicaron muy bien este tempus loquendi, tiempo de hablar, y no se quedaron callados frente al error, veremos también en ellos un tradicional y reverencial modus loquendi, es decir, ninguno de los santos que valientemente denunciaron los errores de su tiempo fueron irreverentes con la jerarquía eclesiástica por más terrible que esta haya sido, su denuncia y corrección estuvo marcada por el respeto, la devoción y el amor filial a Dios y a su Iglesia; no vamos a encontrar en ellos vestigio alguno de sarcasmo, irreverencia, desprecio u orgullo como sí lo encontramos en algunos católicos de tendencia cismática que, igualmente están pendientes de todo lo que diga, haga o deje de hacer el Santo Padre pero solo para defenestrar contra él, casi siempre exasperando los ánimos de los más perplejos con el fin de llevarlos a su pequeño grupo autoproclamado como el remanente fiel.

A modo de conclusión, podemos decir que si creemos con la Iglesia que la divina institución jurídica antecede a la persona, rechazaremos siempre tanto los vicios como los defectos que deforman el debido amor filial que le debe todo fiel bautizado a la jerarquía eclesiástica, el debido amor que le debemos al Santo Padre. No olvidemos nunca que, aunque el Vicario de Cristo pueda ser infiel a su misión, el Espíritu Santo no deja jamás de asistir a su Iglesia y si, como decía San Ambrosio, “donde está Pedro, está la Iglesia”, entonces esta divina asistencia no podría recaer sobre aquellos que se han apartado de la verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro. Como decía San Luis Orione: “que nadie jamás nos supere en obediencia filial, en obsequiosidad y amor al Papa[3], el católico bien formado siempre actuará “Cum Petro et sub Petro[4]”, con Pedro y bajo Pedro.


[1] SAN AMBROSIO, Expositio in Psalmos, 40.

[2] S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los discípulos de Esmirna, 8, 2.

[3] San Luis Orione, Carta sobre la obediencia a los religiosos de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, Epifanía de 1935, Cartas de Don Orione, Ed. Pío XII, Mar del Plata 1952.

[4] “Cum Petro et sub Petro”, Decreto Ad Gentes, Sobre la Actividad Misionera de la Iglesia, 38.

<a href="https://inquisitivo.net/autor/samuel-soldevilla-burga/" target="_self">Samuel Soldevilla Burga</a>

Samuel Soldevilla Burga

Casado desde el 2019 con una maravillosa mujer, padre de familia. Seglar comprometido con la instauración del Reinado Social de Cristo. Con formación teológica, filosófica, jurídica y musical. Profesor de metafísica, filosofía medieval, filosofía moderna, filosofía de la naturaleza, filosofía de la ciencia y música. A pesar de sus múltiples defectos y limitaciones es director de Inquisitivo.net, presidente de la asociación Traditio Invicta y fundador de la Comunidad Seglar de Cristo Rey.

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